Durante décadas, hablar de Rioja significaba hablar de crianza, reserva, largas crianzas y vinos marcados por la madera. Era una Rioja reconocible, sólida y construida sobre unas reglas muy concretas. Sin embargo, algo está cambiando. Una nueva generación de viticultores y elaboradores está dibujando la nueva cara de la Rioja.
El cambio no consiste simplemente en hacer vinos más ligeros. Tampoco supone renunciar a la tradición. Al contrario, esta nueva Rioja recupera algunas de las ideas más antiguas del viñedo riojano: la parcela, el pueblo, la variedad, el suelo y la relación entre paisaje y vino. La diferencia está en la forma de interpretarlas.
El resultado son vinos más frescos, fluidos, frutales y precisos, con taninos menos agresivos y una presencia mucho más discreta de la madera. Son vinos que buscan beberse con facilidad, pero que no renuncian a la profundidad. Vinos en los que la fruta vuelve a ocupar el centro de la conversación y en los que el origen adquiere una importancia decisiva.
Una Rioja que vuelve a mirar al viñedo
La transformación que vive Rioja tiene mucho que ver con un cambio de perspectiva. Durante años, buena parte del prestigio se construyó alrededor de la crianza. Hoy, en cambio, muchos pequeños productores consideran que la verdadera personalidad de un vino comienza mucho antes de entrar en la barrica.
El pueblo, la parcela, la orientación, la altitud, el tipo de suelo y la edad de las cepas adquieren protagonismo. Por eso empiezan a proliferar vinos de pueblo, vinos de parcela y elaboraciones que buscan mostrar las diferencias existentes dentro de una misma comarca.
La Sonsierra es uno de los escenarios donde este movimiento resulta especialmente evidente. Allí conviven proyectos jóvenes y bodegas con una trayectoria más larga, pero unidos por una misma inquietud: hacer vinos que sepan más a lugar que a receta.
El fenómeno tampoco significa que todos estos elaboradores hagan el mismo vino. Al contrario. La nueva Rioja es interesante precisamente porque existe una enorme diversidad dentro de una filosofía común. José Gil, Álvaro Loza, Carlos Sánchez y Miguel Merino representan cuatro maneras diferentes de aproximarse a ese territorio.
Álvaro Loza: juventud, paisaje y precisión
Álvaro Loza es uno de los nombres que mejor representan el impulso renovador de la Rioja contemporánea. Viticultor jarrero y primera generación de elaboradores, comenzó a trabajar con viñedo familiar situado entre Haro y Labastida y ha desarrollado una filosofía basada en el respeto por el suelo y el entorno. Su formación y experiencia internacional le han permitido observar diferentes maneras de interpretar el viñedo antes de regresar a Rioja.
En sus vinos aparece una Rioja alejada de los tópicos de potencia y extracción. El protagonismo pertenece a la fruta, al paisaje y a la sensación de frescura. Su Álvaro Loza, elaborado con Tempranillo procedente de diferentes parcelas de Haro, Labastida y Briñas, representa especialmente bien esa búsqueda de elegancia y fluidez. La crítica reciente lo ha situado precisamente dentro de esta nueva corriente de tintos riojanos más ligeros, táctiles y centrados en la facilidad de beber.
Pero quizá lo más interesante de Loza sea la manera en que entiende la identidad. Sus vinos no pretenden disfrazar Rioja de otra región. Pretenden demostrar que Rioja puede expresarse de otra manera.
Su Con.Tacto, elaborado con Viura, amplía además esa mirada hacia los blancos y demuestra que la renovación riojana no tiene por qué limitarse a los grandes tintos.
Carlos Sánchez: el viñedo como punto de partida
Carlos Sánchez representa otra de las caras más interesantes de esta nueva Rioja. Instalado en la Sonsierra, concentra buena parte de su trabajo en viñedos viejos de Labastida y San Vicente de la Sonsierra. Su filosofía parte de una idea sencilla: intervenir lo necesario para que cada parcela pueda expresarse con la mayor transparencia posible.
Su proyecto apuesta por una viticultura ecológica y principios biodinámicos, además de una elaboración de mínima intervención. Trabaja las parcelas por separado y busca preservar la fruta, la mineralidad y la personalidad de cada viñedo.
Esta forma de trabajar cambia también el perfil de los vinos. La crianza deja de ser el elemento protagonista y pasa a convertirse en una herramienta. La madera ya no pretende definir el vino. Su función es acompañarlo.
El resultado son vinos de fruta crujiente, taninos finos y marcada sensación mineral, capaces de transmitir la identidad de los suelos calcáreos de la Sonsierra. En sus elaboraciones aparecen además prácticas como las fermentaciones espontáneas, el uso de racimo entero y diferentes formatos de crianza adaptados a cada parcela.
José Gil: la revolución silenciosa de la Sonsierra
Si existe un nombre especialmente asociado a esta nueva manera de entender Rioja, ese es probablemente José Gil. Junto a Vicky Fernández, ha construido un proyecto profundamente ligado a San Vicente de la Sonsierra y a la recuperación de una viticultura en la que el pueblo y el viñedo vuelven a ocupar el centro.
La historia personal de Gil está estrechamente relacionada con San Vicente y con los conocimientos transmitidos por su abuelo. Esa conexión con la tierra no funciona como un simple recurso narrativo. Es el fundamento de una manera de trabajar en la que el vino debe contar dónde nace.
Sus vinos muestran una Rioja de enorme profundidad, pero también de gran facilidad para beber. Son tintos que combinan fruta, frescura, textura y longitud sin necesidad de recurrir a una extracción excesiva. La crítica especializada ha identificado precisamente a José Gil y Vicky Fernández como uno de los máximos exponentes de esta nueva corriente riojana.
Su trabajo con diferentes pueblos y parcelas permite comprender además una cuestión fundamental: Rioja no es un único lugar. Dentro de una denominación tan extensa existen multitud de paisajes, suelos, orientaciones y microclimas.
Y esa diversidad empieza a llegar a la copa.
Miguel Merino: tradición que mira hacia delante
La bodega Miguel Merino nace en Briones en 1994, mucho antes de que se popularizara el concepto de nueva ola riojana. Sin embargo, precisamente por eso resulta imprescindible.
Miguel Merino representa una generación anterior que ya entendía la importancia de trabajar con viñas viejas, diferentes suelos y distintas exposiciones. Actualmente, la bodega continúa trabajando sus viñedos de Briones y, desde 2017, Miguel Merino hijo y Érika han asumido un papel fundamental en la viticultura y elaboración.
Sus viñedos se encuentran en laderas de Briones y fueron plantados entre 1929 y 2001. La vendimia se realiza manualmente y las uvas se transportan en pequeñas cajas antes de pasar por una mesa de selección.
Aquí aparece uno de los grandes puntos de conexión con la nueva Rioja: el vino empieza en la viña.
Miguel Merino demuestra que la modernidad no siempre consiste en romper con el pasado. A veces consiste en recuperar las mejores ideas de la tradición y llevarlas hasta sus últimas consecuencias. La importancia del viñedo, la precisión de la elaboración y la búsqueda del equilibrio forman parte de esa continuidad.
La Rioja después de la madera
Quizá la mejor manera de entender esta nueva corriente sea observar qué ha cambiado en la copa.
La nueva Rioja no pretende eliminar la crianza. Pretende quitarle protagonismo. La madera deja de ser el argumento principal y la fruta recupera su espacio. El tanino se vuelve más fino. La acidez adquiere mayor importancia. El alcohol deja de buscar protagonismo. Y la textura se convierte en uno de los elementos fundamentales del vino.
Por eso aparecen tintos frescos, fluidos, jugosos y gastronómicos. Vinos que pueden acompañar una comida completa sin imponerse sobre ella. Vinos que invitan a beber otra copa.
También cambia la relación con el territorio. Ya no basta con decir que un vino es de Rioja. Cada vez interesa más saber de qué pueblo procede, de qué parcela, de qué viñas y de qué suelo.
Esa búsqueda de identidad está generando una Rioja mucho más diversa.
Una nueva generación para una denominación histórica
Álvaro Loza, Carlos Sánchez, José Gil y Miguel Merino no hacen exactamente el mismo vino. Y ahí reside precisamente el interés.
Lo que comparten es una manera de mirar. Una forma de entender que la calidad no depende exclusivamente de la concentración, de los años de barrica o de la potencia. También puede encontrarse en la precisión, la frescura, la textura, la fruta y la capacidad de un vino para transmitir un paisaje.
La nueva cara de la Rioja no supone, por tanto, borrar la Rioja clásica. Supone ampliar su lenguaje.
Durante décadas, Rioja construyó su identidad alrededor de grandes vinos de crianza y largas guardas. Ahora una nueva generación está demostrando que la misma tierra puede hablar con otra voz.
Una voz más fresca.
Más directa.
Más frutal.
Más territorial.
Y, sobre todo, mucho más preocupada por responder a una pregunta que parece sencilla, pero que encierra toda la complejidad del vino:
¿A qué sabe realmente Rioja?